La pareja perfecta

Publicado el 25 de septiembre de 2026, 22:02

Aviso de contenido: este relato contiene violencia, asesinato y situaciones de abuso.

Marta giró el anillo entre los dedos con una delicadeza que no había tenido con Anna.

Bajo la luz amarillenta de la cabina, el oro parecía más cálido. Era una pieza fina, con tres pequeñas piedras rojas incrustadas en una curva que recordaba vagamente a una rama. Rubíes, había dicho Anna. O eso creía Marta recordar. Intentó ponérselo una vez más, pero el aro apenas superó la primera falange antes de detenerse en el nudillo.

—Pequeño —murmuró.

Harold no apartó los ojos de la carretera.

—Ya te lo dije.

La autopista se extendía frente al camión como una cinta negra, húmeda por la llovizna. A ambos lados apenas había campos, alguna nave industrial perdida y las luces de poblaciones que surgían a lo lejos para desaparecer pocos minutos después. Las escobillas iban y venían con un ritmo paciente, casi hipnótico, y durante un rato solo se oyó el roce de la goma contra el cristal y una canción antigua que sonaba muy baja en la radio.

Marta se quitó el anillo y lo sostuvo frente a ella.

—Se puede arreglar.

—Todo se puede arreglar.

Sonrió. Harold llevaba diciendo aquello desde que tenía veinte años y, con los años, la frase había adquirido significados que ninguno de los dos necesitaba explicar.

Algunas frases sobrevivían mejor que las personas.

Guardó el anillo en el bolsillo de la chaqueta y apoyó la cabeza contra el asiento. Habían dejado de hablar de Anna hacía casi una hora, no porque intentaran evitar el tema, sino porque ya no quedaba nada que resolver.

Anna tenía veintiséis años, el pelo castaño y una cicatriz pequeña bajo la barbilla. Cuando la encontraron, esperaba junto a una estación de servicio con el teléfono casi sin batería porque el amigo que debía recogerla para llevarla a una fiesta no había aparecido. Había probado a llamar a otros dos, había pedido un taxi y, después de más de cuarenta minutos, había terminado levantando el pulgar cada vez que veía acercarse unas luces.

Harold redujo la velocidad.

—¿Paramos?

Marta observó a la joven a través del parabrisas. Anna daba pequeños saltos para combatir el frío y sostenía el bolso contra el pecho.

—Sí.

Cuando la puerta se abrió, Anna sonrió como si acabara de resolverse el peor problema de la noche.

—Me habéis salvado.

Marta aún recordaba aquellas palabras porque, durante varios kilómetros, fueron verdad.

Anna trabajaba en una clínica dental, compartía piso con una amiga llamada Chloe y detestaba la cerveza aunque bebía cerveza porque, según ella, sus amigos nunca compraban otra cosa. Hablaba deprisa y se disculpaba por hacerlo. Marta le preguntó por la fiesta, por su trabajo y por la madre que le había regalado aquel anillo al terminar la carrera. A los veinte minutos Anna viajaba relajada, riéndose con ellos como si el matrimonio Smith fuera una pareja de tíos lejanos a los que acabara de conocer.

Incluso dijo que esperaba llegar a la edad de ellos y seguir llevándose así con alguien.

Harold había sonreído al volante.

—El secreto es elegir bien.

Anna rio.

Después miró el teléfono. Cinco mensajes. Dos llamadas perdidas.

—Por fin se han dado cuenta de que existo.

Fue la última vez que sonrió.

Marta no recordaba haber dicho nada especial para provocar el cambio. Quizá no hizo falta. Bastó con que el camión tomara una salida que no figuraba en la ruta que Anna había seguido en el móvil.

La joven levantó la cabeza.

—Creo que no es por aquí.

Harold continuó conduciendo.

—Hay obras más adelante.

—Ah.

Anna volvió a mirar la pantalla. El icono de la batería estaba en rojo; apenas le quedaba carga.

Marta vio cómo la confianza se le retiraba del rostro poco a poco, no de golpe, como el agua que abandona una orilla. Primero dejó de hablar. Luego guardó el teléfono. Después apoyó una mano sobre el tirador de la puerta.

—¿Falta mucho?

—Poco —respondió Marta.

Anna la miró.

Marta vio el momento exacto en que Anna comprendió que algo iba mal.

No podía saber qué había imaginado Anna, solo que algo se había roto: su respiración cambió y empezó a mirar alternativamente a Marta, a Harold y a la carretera oscura que se abría delante de ellos.

—Quiero bajar.

Harold desaceleró.

Anna tiró del tirador antes de que el camión se detuviera por completo. La puerta apenas se había abierto cuando Harold estiró el brazo y la sujetó. Hubo un grito, un golpe contra el salpicadero y el sonido breve de algo de metal cayendo al suelo.

Marta no se movió.

Observó a Anna forcejear, vio la incredulidad convertirse en miedo y, durante un instante, pensó que aquello debería haberle provocado algo más. Culpa. Duda. Tal vez cansancio.

No sintió nada parecido.

Anna consiguió soltarse y alcanzó el escalón de la cabina. Harold bajó tras ella.

Marta escuchó sus pasos sobre la gravilla y salió después, sin prisa.

La carretera secundaria estaba vacía. La lluvia parecía más fina allí, casi suspendida en el aire. Anna retrocedía mientras Harold avanzaba hacia ella.

—Por favor —dijo—. Por favor, no sé qué queréis.

Marta se quedó junto al camión.

Anna la miró directamente.

—Tú eres una mujer. Ayúdame.

Aquello sí permaneció.

No recordaría el grito ni el forcejeo. Días después, mientras un joyero le medía el dedo, volvería a aquella súplica: «Tú eres una mujer. Ayúdame».

Como si eso significara algo.

Cuando todo terminó, Harold respiraba con las manos apoyadas sobre las rodillas. Anna permanecía inmóvil a unos metros del arcén, y el teléfono que había caído durante el forcejeo seguía iluminándose cada pocos segundos sobre la gravilla.

Marta se acercó.

En la pantalla apareció un mensaje.

¿DÓNDE ESTÁS?

Otro.

ANNA, CONTESTA.

Harold levantó la vista.

Marta se arrodilló junto a la joven, deslizó el anillo de su dedo y se lo guardó.

—Vámonos.

Minutos después, la carretera volvía a deslizarse bajo ellos como si nada hubiera ocurrido.

—No ha sido igual —dijo Marta.

Harold tardó en responder.

—Nunca lo es.

—No me refiero a eso.

Él soltó el aire lentamente.

—Marta.

—¿Qué?

—Estamos volviendo a casa.

—Ya lo sé.

—Pues vuelve a casa.

Marta miró de nuevo la carretera y dejó que el silencio terminara la conversación. Después de más de cuarenta años juntos, ambos sabían que algunas ideas necesitaban tiempo antes de atreverse a mostrar su forma verdadera.

  • • •

Llegaron poco después de las dos. La urbanización dormía bajo una humedad fina, con los aspersores de algunas parcelas funcionando a destiempo y las fachadas oscuras detrás de setos perfectamente recortados. Marta conocía a casi todos los que vivían allí: cumpleaños, enfermedades, hijos que se habían marchado a estudiar, divorcios que todavía no se habían hecho públicos y nietos cuyas fotografías había visto crecer en teléfonos ajenos.

Su casa estaba al final de la calle. Dos plantas, un pequeño porche y una placa de cerámica junto a la puerta donde podía leerse MARTA Y HAROLD SMITH. Alguien había dibujado un corazón debajo muchos años atrás con un rotulador permanente y ellos nunca se habían molestado en borrarlo.

Dentro los recibió el olor inmóvil de una casa cerrada varios días: madera, polvo templado y el leve rastro de café que había quedado en la cocina antes de marcharse. Margaret había recogido el correo y lo había dejado ordenado sobre la consola del recibidor.

Harold dejó las llaves en el cuenco de siempre mientras Marta cerraba la puerta.

—¿Quieres algo?

—Agua.

Ella llenó dos vasos. A esas horas ninguno tenía ganas de deshacer maletas, revisar cartas ni poner una lavadora; bastaba con beber algo, ducharse rápido y sentir que el viaje había terminado. Harold abrió la nevera por costumbre y frunció el ceño.

—No hay leche.

—Mañana compro.

—Hay una botella.

—Vacía.

—Entonces no hay leche.

Marta lo miró y sonrió.

—Eso acabo de decir.

A otras personas les resultaba entrañable aquella clase de conversaciones. Podían pasar cuatro días encerrados en una cabina y regresar hablando de leche, detergente o de quién había olvidado sacar la basura antes de marcharse. Nunca levantaban la voz delante de nadie, nunca llegaban tarde a una cita y jamás dejaban un favor sin devolver. Susan, la vecina de enfrente, decía a menudo que resultaban irritantes.

Siempre lo decía riéndose.

Marta subió al dormitorio mientras Harold cerraba las persianas de la planta baja. Se quitó los pendientes y dejó el anillo de Anna sobre el tocador, junto a una pequeña caja de madera que había pertenecido a su madre.

Al abrirla encontró una pulsera de plata.

La tercera víctima, una mujer cuyo apellido Marta ya no recordaba, la llevaba puesta cuando empezó a llorar. Lo que sí conservaba con absoluta claridad era la manera en que aquella pulsera había golpeado repetidamente contra una puerta mientras intentaba soltarse de Harold.

La tomó entre los dedos.

El sonido regresó durante un instante.

Tac.

Tac.

Tac.

Metal contra madera.

Marta dejó la pulsera sobre el tocador para ponérsela por la mañana.

No pensó en ello como un trofeo. Nunca había utilizado esa palabra. Las cosas de los muertos terminaban mezclándose con su vida: la pluma negra llevaba décadas en un vaso del despacho de M.H. Smith y Harold le cambiaba el cartucho cuando hacía falta; una gorra azul colgaba en el recibidor para trabajar en el jardín, y un pañuelo de algodón servía a veces para secar las copas buenas.

Los muertos no ocupaban una habitación secreta.

Vivían con ellos.

Marta colocó el anillo de Anna dentro de la caja, junto a sus pendientes, y cerró la tapa.

Antes de acostarse miró a Harold. Dormía de lado, dándole la espalda, como hacía casi todas las noches.

Apagó la luz.

El domingo amaneció limpio, como si la lluvia hubiera lavado también la carretera. Marta se duchó, desayunó un café y una tostada y, a las nueve y media, estaba lista para salir: traje azul oscuro, zapatos bajos y la pulsera de plata de su tercera víctima rodeándole la muñeca.

Harold bajó con camisa blanca y chaqueta gris mientras terminaba de abrocharse un reloj antiguo.

—¿Ese? —preguntó Marta.

—¿Qué le pasa?

—Nada.

—Entonces sí, este.

Ella se acercó y le enderezó el cuello.

—Estás hecho un desastre.

—Llevas cuarenta años diciéndomelo.

—Y llevo cuarenta años teniendo razón.

Salieron cogidos del brazo.

En la iglesia casi todos los conocían. Harold sostuvo la puerta para Margaret y su marido; Marta preguntó por la operación de cadera de él y escuchó sin mirar el reloj mientras el hombre le explicaba cómo había dormido. Saludó después a una pareja joven preguntando por sus hijos y recordó que la hermana de otra mujer debía empezar tratamiento esa misma semana.

Nada parecía ensayado porque no lo estaba.

Marta recordaba de verdad.

El sacerdote estrechó la mano de Harold.

—¿De vuelta ya?

—Anoche.

—¿Mucho trabajo?

—El suficiente.

—Nunca paráis.

Marta sonrió.

—Mientras podamos.

Una mujer que esperaba detrás negó con la cabeza, divertida.

—No sé cómo hacéis para llegar a todo.

Harold soltó una carcajada.

—Pregúntale a Marta dónde dejo los calcetines.

—No delante del padre, Harold.

Rieron.

Marta también.

Se sentaron en su banco habitual. Harold colocó el libro de cantos entre los dos y ella apoyó dos dedos sobre su mano. Durante la homilía se habló de misericordia, y Marta escuchó con atención porque algunas palabras religiosas le gustaban: daban orden a cosas que, fuera de allí, parecían confusas.

Nunca había pensado que Dios los desaprobara. No de verdad. Ningún sacerdote habría pronunciado las conclusiones a las que ella y Harold habían llegado, pero tampoco necesitaban que lo hiciera.

Dios ponía personas en el camino.

Ellos decidían qué hacer con ellas.

Harold inclinó la cabeza durante la oración y Marta lo imitó. No pidió perdón por Anna. Tampoco pensó que tuviera nada que perdonar.

A la salida, Susan los alcanzó en las escaleras.

—Barbacoa, ¿verdad?

—Primer domingo del mes.

—Sabía que podía confiar en vosotros.

Marta miró a Harold.

—Con nosotros puedes dormir tranquila.

Susan rio y siguió caminando. Harold esperó hasta que estuvo suficientemente lejos.

—Algún día deberías pensar antes de hablar.

—¿Para qué empezar ahora?

A la una el jardín ya estaba lleno y, una hora después, casi sesenta personas ocupaban las mesas, las sillas plegables y cualquier sombra disponible. Harold gobernaba la parrilla con un delantal negro en el que alguien había estampado EL REY DEL FUEGO, mientras Marta iba y venía entre bandejas, bebidas y conversaciones.

Sabía quién tomaba cerveza sin alcohol, quién no soportaba el picante y qué niño era alérgico a los frutos secos. Había comprado una botella concreta de vino porque a Margaret le gustaba y había reservado una silla con brazos para su marido.

Arthur Brown llegó con dos bandejas cubiertas de papel de aluminio.

—He hecho costillas.

Harold levantó la vista.

—¿Costillas?

—Alguien tiene que elevar el nivel de esta reunión.

—Ponlas ahí. Veremos si sobreviven a la comparación.

Arthur le dio una palmada en el hombro y varias personas rieron. Era un hombre amable, de esos que siempre aparecían cuando alguien necesitaba algo; quizá por eso Marta llevaba años sintiendo que, de alguna forma absurda, competía con ellos. Si Harold ayudaba con una avería, Arthur aparecía con herramientas. Si Marta organizaba una recogida para una familia con problemas, Arthur proponía otra. Seguramente Arthur no veía ninguna competición.

Marta sí.

Más tarde, mientras servía bebidas, él se acercó.

—Os juro que algún día voy a descubrir vuestro defecto.

Harold rio.

—Tengo una lista.

—No me la creo. —Arthur señaló a Marta—. Ella recuerda hasta cuándo tengo la revisión del coche, tú arreglas cualquier cosa, la empresa funciona como un reloj y lleváis juntos desde la prehistoria sin querer mataros. Algo escondéis.

Hubo risas alrededor.

Marta sostuvo su mirada.

—Sigue buscando.

Arthur levantó la cerveza a modo de brindis.

—Lo haré.

La frase se perdió entre humo, música y conversaciones. Marta tardó más en olvidarla.

Poco después Susan se detuvo frente a ella.

—Qué bonita pulsera.

Marta miró su muñeca.

—Gracias.

—¿Es antigua?

—Mucho.

Susan rozó la plata con la punta de los dedos.

—Se nota que le tienes cariño.

Durante una fracción de segundo, Marta volvió a oír el metal golpeando contra la puerta.

Tac.

Tac.

Tac.

—Muchísimo.

Al otro lado del jardín, Harold levantó los ojos de la parrilla.

Marta supo que había escuchado.

La barbacoa se prolongó hasta media tarde. Cuando los invitados empezaron a marcharse, nadie preguntó si debía ayudar: simplemente recogieron platos, apilaron sillas y llevaron botellas a la cocina. Margaret abrazó a Marta antes de irse y le recordó que la llamaría si su marido volvía a encontrarse mal.

—A cualquier hora.

—Ya lo sé. Por eso te llamo a ti.

Los vecinos dormían un poco mejor sabiendo que los Smith estaban cerca.

Cuando el último se fue, Marta encontró unas llaves sobre la mesa.

—De Susan.

Harold ni siquiera miró.

—Buzón mañana.

Marta las dejó junto a la puerta. En aquella calle, las cosas confiadas a los Smith siempre regresaban a su dueño.

Casi todas.

A la mañana siguiente, las llaves ya estaban en el buzón de Susan cuando M.H. Smith abrió como siempre. La empresa ocupaba una nave modesta en una zona industrial: cuatro camiones, dos furgonetas, un despacho de cristal y cinco empleados. Harold llegaba antes que nadie; Marta revisaba rutas, documentación y horarios con la misma paciencia con la que recordaba cumpleaños.

—No sé cómo podéis seguir haciendo viajes vosotros mismos —dijo Kevin mientras dejaba un albarán.

—Porque si os dejo solos acabáis entregando muebles en Canadá.

—Nos pagas para algo.

—Sí. Para darme disgustos.

Kevin rio y salió.

Marta firmaba unos documentos con la pluma negra. Harold alzó la vista hacia ella.

—Esa todavía escribe.

—Perfectamente.

—Pensé que la habías jubilado.

Marta hizo girar la pluma entre los dedos.

—La cuidamos mejor que a su dueño.

Harold dejó de sonreír.

Aquella pluma había pertenecido a un comercial llamado Peter, su segunda víctima y la primera que habían elegido.

Con David no había existido elección. Con Peter sí.

Marta podía volver a aquella noche con una precisión incómoda. Una habitación de motel demasiado fría, una televisión encendida sin volumen y Peter hablando sin parar mientras se servía otra copa. Había conocido a Harold durante una entrega y aceptó cenar con ellos porque estaba solo, porque los Smith parecían agradables y porque Marta sabía escuchar.

Peter terminó contándoles que odiaba viajar.

—Mi mujer dice que algún día me encontrarán muerto en una carretera.

Se rio de su propia frase.

Marta miró a Harold.

No hizo falta más.

Horas después, Peter ya no reía.

Había retrocedido hasta chocar con la pared, mirando primero a Harold y después a Marta como si todavía esperara que uno de los dos explicara la broma. Harold avanzó. Peter levantó las manos.

—Eh. Tranquilo.

Marta cerró la puerta.

Aquella fue la diferencia.

La primera vez, junto al lago, todo había ocurrido demasiado deprisa.

La segunda comenzó cuando Marta giró una llave.

Peter intentó apartar a Harold y consiguió golpearle una vez. Después buscó a Marta con los ojos. «Ayúdame, por favor», alcanzó a decir. Ella permaneció junto a la puerta mientras Harold lo reducía.

Cuando Peter dejó de moverse, Harold se quedó inclinado sobre él.

—¿Y ahora qué?

Marta miró la mesa. La pluma negra descansaba junto a una libreta con el membrete del motel.

Lo tomó.

—Ahora volvemos a trabajar.

No sintieron el pánico del lago.

Eso fue lo que les dio más miedo.

Décadas después, en el despacho, Marta terminó de firmar y devolvió la pluma al vaso.

—No empieces —dijo Harold.

—No he empezado nada.

—Te conozco.

—Eso espero.

Él volvió al albarán, pero tardó demasiado en pasar a la siguiente línea.

No ha sido igual.

La frase de la carretera continuaba entre los dos.

Marta sabía dejar reposar una idea. Había descubierto hacía mucho que las cosas importantes rara vez necesitaban empujarse; bastaba con colocarlas en el lugar adecuado y esperar a que alguien creyera haber llegado solo hasta ellas.

  • • •

Dos mañanas después llevó el anillo de Anna a una joyería. El local estaba casi vacío y un hombre de unos cincuenta años examinó la pieza bajo una lámpara.

—Bonita.

—Gracias.

—¿Rubíes?

—Eso me dijeron.

El hombre acercó una lupa.

—Sí. Pequeños, pero buenos. ¿Un regalo?

Marta tardó apenas un instante.

—Algo así.

—Se nota que es importante para usted.

Bajo aquella luz blanca recordó la mano de Anna levantándose dentro de la cabina para que las piedras recogieran el reflejo del techo.

«Me lo regaló mi madre cuando terminé la carrera».

Marta sostuvo la mirada del joyero y respondió sin vacilar.

—Mucho.

El joyero tomó el medidor y se lo ajustó alrededor del dedo.

«Tú eres una mujer. Ayúdame».

La voz de Anna regresó nítida. Marta no retiró la mano.

—El viernes lo tendrá —dijo el joyero. Marta salió con las manos vacías. Compró pan, pasó por la farmacia para recoger unas pastillas que Margaret no podía ir a buscar y se las llevó a casa de Margaret. Cuando regresó a la suya, preparó estofado, puso la mesa y dejó que la tarde recuperara su forma habitual.

Harold llegó poco después de las ocho.

—Huele bien.

—Aún no lo has probado.

—Confío en ti.

Marta lo miró mientras dejaba las llaves.

—Ese ha sido siempre tu problema.

Él la besó en la mejilla.

La frase acompañó a Marta mientras removía el estofado y, sin proponérselo, la devolvió a la primera vez que Harold había confiado verdaderamente en ella.

Aquel verano él tenía veinte años y ella dieciocho.

Fueron al lago con seis amigos del instituto. Había cerveza barata, música saliendo de un coche y mantas extendidas sobre la hierba. Marta recordaba el sol roto en pequeños destellos sobre el agua, sus sandalias junto a una roca y la camiseta de Harold pegada a la espalda por el calor.

David llevaba toda la tarde bebiendo.

Marta recordaba su risa mejor que su cara.

Cuando el grupo caminó hacia el agua, David se quedó unos metros por detrás con ella y la agarró de la muñeca.

—Suéltame.

Él rio.

—No seas así.

Tiró de ella. Marta intentó apartarse y la mano de David subió demasiado.

Gritó.

Harold apareció casi inmediatamente.

Después todo ocurrió con una velocidad que durante años dificultó recordar el orden exacto: David soltándola, un insulto, Harold empujándolo, otro golpe, David devolviéndolo y la pelea cayendo al suelo.

Marta nunca supo cuántas veces lo golpeó Harold.

Recordaba otra cosa.

El cambio.

El instante exacto en que David dejó de defenderse y Harold continuó.

David cayó de lado, trató de incorporarse y recibió otro golpe que lo devolvió a la tierra. Abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Harold volvió a golpearlo.

—Harold.

No la oyó.

O sí.

Marta nunca lo supo.

Cuando por fin se detuvo, estaba de rodillas y respiraba con la boca abierta. David permanecía torcido sobre la hierba, con una mano todavía cerrada alrededor de un puñado de tierra.

Sus dedos se abrieron poco a poco.

La tierra cayó.

Eso fue lo que Marta recordó siempre.

No la sangre. No el rostro.

La tierra escapando entre los dedos de David mientras, a pocos metros, el lago continuaba brillando y una canción absurda sonaba desde el coche.

Uno de sus amigos gritó algo desde el agua.

Harold levantó la cabeza hacia Marta.

Tenía miedo.

No de David.

De ella.

Esperaba horror, repulsión, quizá que saliera corriendo. Marta miró el cuerpo, después el sendero y finalmente la distancia que los separaba de los demás.

—¿Nos ha visto alguien?

Harold se quedó inmóvil.

Fue el momento en que realmente se conocieron.

No conservaron nada de David, ni una prenda, ni un reloj, ni una moneda. No hizo falta.

De David conservaron la sensación.

Después pasaron años antes de repetirla. Se casaron, Harold empezó a conducir camiones y Marta comenzó a acompañarlo; conocieron ciudades pequeñas, carreteras interminables y estaciones de servicio a las tres de la mañana, hasta que Peter convirtió por primera vez una fantasía silenciosa en una decisión.

Luego llegó una tercera víctima, y mucho más tarde una cuarta. Nunca hubo una regularidad que pudiera llamarse costumbre: pasaron años enteros sin hacer nada, cinco en una ocasión, y después dos muertes quedaron separadas por menos de dieciocho meses.

Quince en total.

No llevaban una cuenta escrita porque la casa la llevaba por ellos. La pulsera de su tercera víctima rodeaba algunas mañanas la muñeca de Marta; Harold utilizaba la pluma de Peter para firmar contratos; un vecino había bebido más de una vez en una taza azul que perteneció a otro hombre, y nadie había preguntado nunca de dónde salían aquellas cosas.

Habían aprendido a elegir carreteras que nadie asociaría con ellos y a regresar después a sus empleados, sus vecinos y sus domingos de iglesia con la misma puntualidad de siempre.

El mejor escondite era aquel que nadie reconocía como escondite.

Cuando llegó el viernes volvió a la joyería, el anillo de Anna la esperaba sobre una pequeña almohadilla de terciopelo. Marta se lo deslizó por el dedo y esta vez el oro superó el nudillo sin resistencia.

Parecía haber sido suyo desde siempre.

Lo llevó puesto hasta casa. Harold estaba en el jardín arreglando una bisagra del cobertizo cuando ella levantó la mano.

Las piedras rojas brillaron.

—¿Qué tal?

Harold miró el anillo y después a ella.

—Te queda bien.

—Lo sabía.

Él dejó el destornillador.

—¿Te acuerdas de David?

La pregunta la sorprendió menos de lo que fingió.

—Claro.

—Eso dijiste en el camión.

—No dije su nombre.

—No hacía falta.

Harold se sentó en el escalón del porche y Marta ocupó el lugar a su lado. La calle estaba tranquila: una bicicleta abandonada junto a una valla, un perro ladrando detrás de una ventana y Arthur Brown lavando su coche dos casas más abajo.

—Anna no me ha hecho sentir nada —dijo Marta.

Harold giró la cabeza.

—Eso no es verdad.

—Sabes a qué me refiero.

—No quiero saberlo.

—Con David fue distinto.

Él miró sus manos.

—Éramos jóvenes.

—No.

—Fue la primera vez.

—Tampoco.

Arthur levantó una mano desde la distancia.

—¡Eh, Smith!

Harold respondió al saludo. Arthur señaló su coche recién lavado como si acabara de lograr una hazaña y volvió a agacharse.

Marta esperó.

—Lo conocíamos. David sabía quiénes éramos. Había estado en mi casa, conocía a mis padres, había comido con nosotros. Cuando me miró, sabía mi nombre.

—Y eso casi nos destruye.

—Pero no lo hizo.

Marta volvió los ojos hacia Arthur.

—No —dijo Harold.

Ella no apartó la mirada.

—No he dicho nada.

—No hacía falta.

Marta giró despacio hacia él.

—Entonces todavía me conoces.

—Demasiado.

Harold entró en casa.

Marta permaneció sentada mientras el agua del coche de Arthur formaba pequeños ríos junto al bordillo.

Durante un segundo oyó otra vez el lago.

Aquella noche cenaron pescado y verduras mientras hablaban de rutas, de una factura pendiente y de si debían cambiar una de las furgonetas antes del invierno. Después vieron la televisión con las piernas de Marta apoyadas sobre Harold, que le masajeaba los tobillos sin apartar los ojos de la pantalla.

Era una costumbre antigua, igual que tantas otras.

Cuando apagaron el televisor, Marta dejó el anillo sobre la mesilla.

—¿Qué harías si yo muriera primero?

Harold abrió los ojos.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una pregunta.

—Pues no la hagas.

Marta se metió bajo las sábanas.

—Tenemos sesenta años, Harold.

—Yo tengo sesenta. Tú todavía eres una niña.

—Cincuenta y ocho.

—Lo dicho.

Ella rio, pero el silencio que siguió duró más.

—No sabría estar sin ti —dijo él.

Marta lo miró.

Aquello no tenía nada de monstruoso. Era simplemente verdad. Se conocían desde que ella tenía quince años y había pasado más tiempo de su vida junto a Harold que sin él.

—Yo tampoco.

Él tomó su mano.

—Entonces deja de pensar tonterías.

Marta observó el techo.

—No quiero acabar aburrida.

Harold cerró los ojos.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Sabía que íbamos a volver a eso.

—No hemos vuelto a nada.

—Arthur no.

Marta giró la cabeza.

—No he dicho Arthur.

Harold abrió los ojos.

—Marta.

Ella sonrió en la oscuridad.

—Buenas noches.

Apagó la lámpara.

  • • •

El domingo siguiente, Marta eligió el anillo antes incluso de abrir el armario. Durante el desayuno se dijo que no lo había hecho conscientemente y supo, mientras untaba mantequilla en una tostada, que era mentira.

Harold lo vio, pero no comentó nada.

En la iglesia ocuparon su banco habitual. Margaret estaba allí con su marido, todavía apoyado en un bastón, y Marta lo abrazó con cuidado.

—Mírate. Estás mucho mejor.

—Todavía necesito esto —dijo él, levantando el bastón.

—Una semana más y lo usas solo para amenazar a Harold.

Rieron.

Durante la misa, Harold colocó el libro entre ambos. Marta apoyó los dedos sobre su mano y el anillo de Anna quedó a la vista, entre los dos.

Harold lo miró una sola vez.

Después siguió mirando al frente.

A la salida, Arthur los alcanzó en las escaleras.

—Hace demasiado buen día para meternos en casa.

Susan, que caminaba detrás, estuvo de acuerdo y alguien recordó que todavía quedaba comida de la semana anterior. Una hora después, veinte personas ocupaban el jardín de Marta y Harold.

La reunión creció con la facilidad de las cosas repetidas. Harold encendió la parrilla, Arthur apareció con una caja de cerveza y pronto ambos discutían de nuevo sobre quién cocinaba mejor.

—Tus costillas estaban secas —dijo Harold.

—Mentiroso.

—Pregunta a cualquiera.

Arthur miró hacia Marta, que colocaba platos sobre una mesa.

—Marta, dile algo.

—Yo no me meto en discusiones infantiles.

Arthur se llevó una mano al pecho.

—¿Lo ves? Siempre está de mi parte.

Y entonces la rodeó con un brazo por los hombros.

Fue un gesto breve, amistoso, tan natural que nadie dejó de hablar ni volvió la cabeza.

Marta no se apartó.

Miró a Harold.

La expresión de su marido cambió antes de que pudiera impedirlo.

Por un instante el jardín dejó de estar allí.

El sol quebrándose sobre el agua.

La camiseta de Harold pegada a la espalda.

Una mano subiendo por el brazo de Marta.

La tierra cayendo lentamente de unos dedos abiertos.

Harold parpadeó.

Arthur seguía riendo, ajeno a todo.

—¿Ves? Siempre conmigo.

Apretó una vez el hombro de Marta y la soltó.

Ella mantuvo los ojos en Harold durante un segundo más y volvió a colocar platos.

No supo, o no quiso saber, si había esperado aquel gesto.

Poco después, Margaret llegó con su marido.

—Arthur, gracias otra vez por lo de las pastillas del miércoles. No sé qué habría hecho sin ti.

Arthur sonrió.

—No fue nada.

Marta también.

Había sido ella quien había ido a la farmacia, pagado las medicinas y llevado la bolsa hasta la casa. Arthur solo se la había quitado de las manos en la puerta para acompañarla hasta el salón. Margaret no había visto esa parte.

Susan apareció detrás y tomó la mano de Marta.

—No había visto ese anillo.

—Es nuevo.

—Qué bonito. ¿Te lo ha regalado Harold?

Marta miró hacia la parrilla.

Harold ya no estaba riendo.

—No exactamente.

—Misteriosa.

—Tiene una historia larga.

—Pues algún día me la cuentas.

Marta contempló los rubíes.

—Algún día.

La tarde fue muriendo despacio. Los niños se marcharon, las conversaciones se hicieron más bajas y el sol desapareció detrás de las casas hasta que Arthur, sin preguntar, encendió las guirnaldas del jardín.

Las pequeñas bombillas fueron iluminándose una a una sobre sus cabezas.

Marta lo observó mientras reía con dos vecinos junto a la mesa de las bebidas. Arthur vivía dos casas más abajo; desde donde estaba sentada podía distinguir parte de su fachada entre árboles y coches aparcados. Había recorrido aquella distancia cientos de veces.

Él había aparecido con una cerveza cuando Harold arreglaba algo en el garaje, había entrado para devolver herramientas y había cuidado de la casa durante algunos viajes. Más de una vez les había dejado las llaves de la suya.

Confiaba en ellos.

Nunca había tenido un motivo para no hacerlo.

Marta sintió algo que llevaba demasiado tiempo buscando.

No era hambre.

No era ira.

Era reconocimiento.

Arthur levantó la botella en su dirección y Marta respondió con la copa.

Cuando volvió la cabeza, Harold ya no estaba junto a la parrilla. Se acercó con dos platos, dejó uno delante de ella y se sentó.

No la miró inmediatamente.

Durante unos segundos observó a Arthur.

Después habló tan bajo que nadie más pudo oírlo.

—Todavía tenemos la copia.

Marta giró el anillo con el pulgar.

No preguntó de qué.

—Lo sé.

Harold buscó su mano bajo la mesa y Marta entrelazó los dedos con los suyos.

Arthur volvió a reír al otro lado del jardín. Alguien pidió más hielo, una canción conocida empezó a sonar desde un altavoz y Margaret discutía con su marido porque quería levantarse sin el bastón.

Todo continuó exactamente igual.

Marta bajó la mirada hacia sus manos unidas. Las pequeñas piedras rojo rubí capturaron la luz de las guirnaldas.

El joyero había hecho un trabajo excelente.

Y el anillo de Anna encajaba perfectamente.

Harold miró hacia Arthur. Después volvió los ojos hacia Marta.

—¿Esta noche?

Marta sonrió.

—Esta noche.

 

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