Hasta mañana

Publicado el 2 de octubre de 2026, 22:58

A Irene se le quemó la segunda tostada porque estaba bailando.

La primera ya se la había comido de pie, junto a la ventana, mientras la chica de la radio prometía otra semana de calor. El sol entraba hasta la mitad de la cocina y se detenía en el vaso donde intentaba salvar un esqueje que su madre le había entregado envuelto en papel húmedo. Durante la noche habían aparecido dos raíces blancas, finísimas, casi transparentes. Irene les hizo una foto, se la mandó y volvió a subir el volumen.

Cuando olió a quemado, rescató el pan con la punta de un cuchillo.

—Bueno —dijo, examinándolo—. Por un lado está bien.

Se lo llevó a la boca, cogió el bolso y salió sin recoger las migas.

Aún le gustaba poder hacer eso. Llevaba ocho meses viviendo sola y seguía encontrando placer en aquellas pequeñas faltas de disciplina: cenar a las once, dejar un libro abierto sobre la mesa, volver horas después y encontrarlo exactamente en la misma página. Su madre venía algún domingo y abría las ventanas diciendo que allí hacía falta aire. Irene las cerraba en cuanto se marchaba porque entraban mosquitos.

Tenía veintidós años y acababa de apuntarse a un curso de fotografía. Había pagado la matrícula en tres plazos. El correo de confirmación seguía marcado como no leído para poder abrirlo otra vez durante el descanso, como si leerlo de nuevo hiciera el proyecto un poco más real.

En la parada se recogió el pelo, se puso los auriculares y buscó una canción que durase hasta el supermercado. Llegó con cuatro minutos de sobra.

Sara estaba peleándose con la máquina de café del cuarto del personal.

—Hoy sabe a moneda.

—Ayer sabía a sopa.

—Estamos mejorando.

Irene dejó el bolso en la taquilla. En el pequeño espejo pegado a la puerta se repasó el rímel con un dedo. Sara le quitó una miga del hombro.

—Qué envidia me das.

—¿Por la tostada?

—Por esa cara a las ocho de la mañana. Yo necesito dos horas para dejar de parecer recién desenterrada.

Irene le dio un golpe suave con la puerta de la taquilla y se fue riendo a contar el fondo de caja.

La mañana pasó entre sandías, bolsas de hielo y gente que había olvidado pesar los tomates. Un niño le explicó que iba a cumplir seis años aunque todavía faltaban nueve meses. La señora que siempre pedía las monedas separadas en dos montones le enseñó una foto de su nieta. A las diez y media, Sara cruzó por delante de su caja con un paquete de galletas abierto y dejó caer una junto al teclado.

El siguiente cliente colocó sobre la cinta un paquete de pilas y una botella de detergente. Irene estaba intentando despegar una etiqueta que se le había quedado pegada al dedo. Levantó los ojos al saludarlo y tiró de ella demasiado fuerte. La etiqueta salió volando y fue a quedarse en la manga de él.

—Ahora estás de oferta —dijo.

El chico miró el precio.

—Uno con noventa y nueve. Me parece razonable.

Irene se rio mientras le pasaba el detergente. Tendría unos pocos años más que ella. Llevaba una camiseta blanca, el pelo oscuro todavía húmedo y una pequeña cicatriz que interrumpía una de sus cejas. Era muy guapo. Lo comprobó una segunda vez cuando él se inclinó para sacar la cartera.

—¿Quieres bolsa?

—No hace falta.

Cogió la botella por el asa y se guardó las pilas en el bolsillo.

—Hasta luego, la de las ofertas.

Ella siguió sonriendo al atender a la siguiente clienta y tardó unos segundos en darse cuenta de que la mujer estaba reclamando un descuento.

A las cuatro, al salir, encontró un mensaje de su madre.

«Eso ya lo puedes pasar a una maceta».

Debajo había una foto de tres tiestos para que eligiera. Irene escogió el amarillo. Se fue a comer con Sara a una terraza y gastó en unas patatas con alioli parte del dinero que se había propuesto ahorrar aquella semana.

* * *

El miércoles volvió a verlo.

Esta vez llevaba un bollo y dos naranjas. Irene miró la compra sobre la cinta y después lo miró a él.

—Compensando —dijo el chico.

—No creo que funcione así.

—Pues me has estropeado el desayuno.

Pagó con el teléfono. Antes de irse preguntó cómo se llamaba, aunque ella llevaba el nombre prendido en el pecho.

—Irene.

—Yo soy Adrián.

No añadió nada más. A Irene le gustó que no intentara alargar la conversación cuando ya había otra persona esperando.

El viernes compró una bayeta, un yogur y un manojo de perejil. Ella le preguntó si seguía alguna dieta que no conociera. Adrián dejó pasar un segundo antes de sonreír, como si quisiera saborear la broma antes de devolvérsela.

Cuando se marchó, Sara se inclinó desde la caja de al lado.

—El de las pilas.

—Tiene nombre.

—Ah. Mira qué bien.

Irene le lanzó el rollo vacío de los tiques. Sara lo atrapó contra el pecho.

Sus turnos alternaban por semanas: de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, o de doce a ocho. La semana siguiente le tocaba el segundo. Pudo levantarse sin despertador, trasplantó el esqueje y desayunó sentada a la mesa por primera vez en varios días. Por la tarde, a eso de las seis, Adrián apareció con una barra de pan y un paquete de servilletas.

Irene sintió una alegría breve y absurda. La disimuló ordenando los separadores de la cinta.

—Te has cambiado de horario —dijo él.

—Una semana sí y otra no.

—Yo ayer vine demasiado pronto.

La frase le gustó. Durante el resto de la tarde la recordó un par de veces, especialmente cuando Sara le preguntó por qué estaba tan contenta si acababan de devolverles un carro entero de congelados.

El sábado se lo encontró fuera del supermercado.

Había ido a comprar un marco para una fotografía que quería regalarle a su madre. Salía de la tienda comprobando las medidas de la etiqueta con las que había apuntado en el teléfono cuando alguien pronunció su nombre.

Adrián estaba junto al escaparate de la librería de al lado.

—Casi no te reconozco sin el uniforme.

Irene llevaba un vestido verde y unas sandalias nuevas que empezaban a hacerle daño. Se alegró de haber elegido el vestido.

—Yo a ti sí. Aunque no lleves detergente.

Él se rio. Le preguntó qué había comprado y ella le enseñó el marco. Hablaron del curso de fotografía, que aún no había empezado, y de una cafetería de la plaza donde servían un café tan malo que a Adrián le parecía un mérito que siguiera abierta.

Irene conocía el sitio. Coincidieron en que los cruasanes lo compensaban.

—Podemos comprobarlo otro día —dijo él.

Ella notó que se le calentaba el cuello.

Intercambiaron los números. Irene lo guardó como «Adrián supermercado» y se arrepintió un poco cuando él alcanzó a verlo.

—Muy formal.

—Tengo que distinguirte de todos los otros Adrianes.

Él levantó las manos, aceptándolo.

Antes de separarse, Irene le preguntó si vivía por allí.

—No muy lejos.

Tampoco ella le dio su dirección.

Aquella tarde fue a casa de una amiga. Habían extendido una toalla en el balcón y se sentaron a pintarse las uñas, con los pies apoyados en una caja de cervezas. Cuando llegó el primer mensaje de Adrián, Irene dejó el teléfono boca abajo para terminar el meñique.

Esperó tres minutos antes de leerlo.

Era una fotografía de sus llaves sobre una mesa. Debían de habérsele caído al sacar el teléfono delante de la librería. Adrián decía que las había encontrado al volver a pasar y que había preguntado en las tiendas antes de pensar en ella. Irene rebuscó en el bolso y le contestó con varios signos de exclamación.

Se las devolvió al final de la tarde, en la plaza. Irene llegó con el esmalte de una uña estropeado y él le puso el llavero en la palma.

—Me has salvado. Mi madre tiene la otra copia y hoy está fuera.

—Pues menos mal que las he visto.

Irene cerró los dedos sobre las llaves. Al llegar a casa le escribió para darle las gracias otra vez.

* * *

Durante varios días hablaron de cosas pequeñas.

Él le mandó una foto de un cruasán aplastado dentro de una bolsa. Ella respondió con la segunda planta que había conseguido no matar. Adrián le preguntó qué música escuchaba y, al día siguiente, puso una canción de su lista mientras le enviaba un mensaje de voz. Tenía una voz más baja de lo que Irene recordaba. Una voz tranquila, de esas que obligan a acercar un poco el teléfono al oído.

Había ratos en que contestaba enseguida y otros en que tardaba horas. A Irene le resultaba cómodo. Podía seguir con lo suyo sin sentir que había alguien esperando al otro lado de la pantalla.

Quedaron para tomar café el domingo. El sábado por la noche, Adrián escribió que le había surgido un asunto familiar y que tendrían que dejarlo para otro día.

Ella le dijo que no se preocupara.

El martes, con Irene de nuevo en turno de mañana, Adrián compró sal y dos latas de refresco.

—Te debo un café.

—Con cruasán.

—Con cruasán.

El jueves apareció cuando Sara estaba pagando un bocadillo para el descanso. Se puso detrás de ella, aunque la caja contigua estaba vacía. Irene lo vio y apartó del asiento un chaleco que había dejado doblado allí.

Todavía le gustaba que eligiera su cola.

Lo encontró otra vez el domingo, al salir de una tienda de alimentación de su barrio. Llevaba unos huevos, una bolsa de patatas y una tarrina de helado; se había acordado demasiado tarde de que no tenía nada para cenar. Adrián estaba al otro lado de la calle, con el teléfono en la mano.

Él la saludó primero.

Hablaron apenas unos minutos. Irene tenía el helado derritiéndose en el fondo de la bolsa y él dijo que esperaba a un amigo. Al despedirse, Adrián se inclinó un poco, como si fuera a darle dos besos. Ella hizo el mismo movimiento, pero él ya se había apartado.

La torpeza la hizo sonreír durante el camino a casa.

El martes siguiente volvió a verlo, esta vez delante de la farmacia que había a dos manzanas de su portal.

Irene levantó la mano.

Adrián tardó en devolverle el saludo. Estaba mirando hacia su calle.

—Al final va a resultar que somos vecinos —dijo ella.

—Ya te dije que no vivía lejos.

Le preguntó si había empezado el curso. Irene le contó que la primera clase había sido el día anterior y que les habían mandado fotografiar un lugar conocido desde un ángulo distinto.

—Tu casa —sugirió él.

—Eso es hacer trampa. Me han dicho que salga.

Adrián sonrió.

Fue una sonrisa normal. Al menos Irene la recordó así después.

Cuando se separaron, miró hacia atrás. Él seguía junto a la farmacia, sosteniendo el teléfono con las dos manos, pero no estaba mirando la pantalla.

Miraba hacia donde ella se había ido.

Irene dobló la esquina antes de sacar sus llaves.

* * *

La primera vez que le molestó verlo fue un miércoles de lluvia fina.

No fue solo que estuviera allí.

Fue la certeza, inmediata e incómoda, de que la estaba esperando.

Había cambiado con Sara la última hora para llegar a una tutoría del curso. No se lo había contado a Adrián. Salió por la puerta lateral del supermercado, tirando de la cremallera de la chaqueta, y lo encontró bajo el toldo de la frutería cerrada, quieto, con el teléfono en una mano y los ojos puestos en ella.

Irene sintió una presión leve en el centro del pecho. No dolor. Algo más parecido a una mano apoyada sobre el esternón.

—Hoy sales antes —dijo él.

Ella frenó junto al bordillo.

—Sí.

Adrián guardó el teléfono sin apartar los ojos de ella.

—Podíamos tomar ese café.

—Voy con prisa.

—Un rato solo.

La lluvia golpeaba el toldo con un sonido menudo, insistente. Irene miró hacia la parada. El autobús estaba detenido en el semáforo.

—Hoy no puedo.

Adrián no respondió enseguida. La observó.

Nada en su cara parecía enfadado, pero Irene tuvo la impresión de que el espacio entre los dos se había hecho más pequeño.

—Otro día —añadió ella, y se arrepintió en cuanto lo dijo.

Tuvo que pasar muy cerca de él para llegar al paso de peatones. Adrián se apartó lo justo. Ni un paso completo. Irene notó el olor limpio de su jabón, el roce frío del aire entre ambos y, después, su mirada clavándose entre sus omóplatos.

Cruzó más deprisa.

Se enfadó consigo misma por hacerlo.

En el autobús abrió la conversación para explicarle lo de la tutoría. Escribió dos líneas y las borró.

Le parecía extraño tener que justificar por qué no podía tomar un café. Más extraño aún sentir que, si no lo hacía, había dejado algo pendiente.

Al llegar a clase ya tenía un mensaje suyo.

«No hacía falta salir corriendo».

Irene tragó saliva, dejó el teléfono en el fondo de la mochila y sacó la cámara. Tuvo que pedirle al profesor que repitiera la pregunta.

Esa noche Adrián le envió una fotografía de una pizza y añadió que había comprado demasiada comida. Irene respondió al cabo de una hora, con una frase corta.

Él no contestó.

A la mañana siguiente fue a su caja.

Irene estaba cobrando a un hombre con dos carros. Lo vio aparecer detrás, sujetando un estropajo y una botella de agua, y sintió un deseo tan absurdo como inmediato: que aquella compra enorme no terminara nunca.

El hombre buscó un cupón en el teléfono. Por primera vez, Irene no se impacientó.

Adrián esperó sin mirar los productos. Miraba a Irene. Ella siguió pasando envases, uno tras otro, con los hombros tensos y el pitido del lector llegando desde algún lugar demasiado lejano.

Cuando le llegó el turno a Adrián, saludó sin levantar demasiado los ojos.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Sí.

Pasó el estropajo. Después el agua.

—Estás rara.

—Estoy trabajando.

La respuesta salió más seca de lo que pretendía.

Entonces levantó la vista. Adrián estaba inmóvil al otro lado de la cinta, mirándola directamente. No de una forma distraída, ni como mira alguien esperando el tique: sus ojos estaban fijos en los de Irene con una atención tan completa que durante un instante ella dejó de oír el supermercado. Después sonrió. Despacio.

Primero se alzó una comisura. Luego la otra. La sonrisa fue creciendo sin que la mirada cambiara, abriéndose poco a poco hasta enseñar demasiado los dientes, hasta formar dos pliegues estrechos junto a las mejillas.

Era una sonrisa demasiado grande para la conversación que estaban teniendo. Demasiado grande para cualquier cosa.

Irene bajó la vista al terminal. Tuvo que tragar saliva dos veces antes de conseguirlo.

Esperó a que apareciera la confirmación en la pantalla y arrancó el tique.

Adrián no se movió. La sonrisa tampoco.

—¿Quieres el tique?

Él alargó la mano.

Sus dedos rozaron el papel.

—Hasta mañana, Irene.

La frase fue suave. Casi amable.

Irene se volvió hacia la siguiente clienta.

Tardó varios segundos en comprender lo que la mujer le estaba preguntando.

* * *

Se lo contó a Sara durante el descanso.

Al principio le costó explicar qué había cambiado. Lo de los encuentros sonaba distinto al decirlo en voz alta: la librería, la tienda, la farmacia, la frutería cerrada. Había estado contenta de verlo las primeras veces. Ella misma le había dado el número. Ella misma había sonreído cuando lo encontraba.

Pero aquello ya no se parecía a lo de antes.

No sabía cuándo había ocurrido exactamente. Solo sabía que ahora, al verlo, calculaba primero dónde estaban las puertas y después qué iba a decirle.

—Pero ahora no quiero quedar —dijo.

Sara dejó el café en la mesa.

—Pues se lo dices.

Irene escribió el mensaje delante de ella. Lo releyó varias veces. Quitó una disculpa. Después quitó un «es que» que no explicaba nada.

Terminó enviándolo.

«Adrián, no quiero quedar contigo. Prefiero que dejemos de hablar».

Él lo leyó mientras Irene todavía tenía la conversación abierta.

Apareció que estaba escribiendo, desapareció y volvió a aparecer. Irene mantuvo el pulgar inmóvil sobre la pantalla.

«Creo que estás entendiendo mal las cosas».

Sara acercó el paquete de galletas.

—Está bastante claro lo que has puesto.

Irene dejó el móvil boca abajo y cogió una, aunque no tenía hambre.

Adrián no volvió el viernes.

Tampoco el sábado, que ella trabajó por la mañana para cubrir una baja.

Durante las primeras horas levantó la vista cada vez que se abrieron las puertas automáticas. El sonido del mecanismo —ese suspiro de aire y cristal que nunca había notado— empezó a ponerla alerta. Después dejó de hacerlo.

El domingo fue a comer con su madre. La planta del tiesto amarillo había dado una hoja nueva y se la enseñó en una fotografía. Comieron demasiado, vieron medio concurso y se quedaron dormidas en el sofá.

Durante unas horas, Irene volvió a sentirse ridícula por haber tenido miedo.

Hasta que regresó a su barrio.

Adrián estaba junto a la parada.

No había una tienda entre los dos.

No había una farmacia, ni una librería, ni un paquete de detergente sobre una cinta.

No había ninguna casualidad que Irene pudiera utilizar para tranquilizarse.

Él estaba de pie bajo la marquesina, mirando las puertas del autobús. Esperándola.

Irene se quedó junto al conductor mientras las otras personas bajaban.

—¿Bajas, chica?

Irene no respondió. Miró de nuevo.

Adrián volvió la cabeza hacia ella. Sus ojos la encontraron al otro lado del cristal y sonrió. La sonrisa de la caja regresó, idéntica. Irene apartó la vista, negó con la cabeza y volvió al asiento. Las puertas se cerraron y, mientras el autobús arrancaba, Adrián giró el cuerpo para seguirla con los ojos.

El teléfono vibró antes de la siguiente parada.

«Te he visto».

Irene hizo una captura de pantalla y luego lo bloqueó.

Se bajó dos paradas más tarde, entró en una cafetería y llamó a Sara. Había una familia merendando, una camarera metiendo vasos en el lavavajillas, un hombre que se quejaba del precio del fútbol en la televisión.

Irene se sentó donde pudiera verlos a todos y no se quitó el abrigo hasta que vio entrar a Sara.

Sara fue a buscarla con su marido. La acompañaron hasta la puerta de casa y esperaron mientras encendía las luces.

Irene recorrió el piso abriendo puertas que sabía que estaban abiertas, mirando detrás de una cortina que no podía ocultar a nadie, comprobando el balcón dos veces.

—Mañana se lo decimos a Silvia —dijo Sara.

Irene asintió.

Le daba vergüenza necesitar que comprobaran el piso con ella. Le daba aún más vergüenza el alivio que sintió cuando el marido de Sara abrió el balcón y dijo que allí no había nadie.

Las rodillas se le aflojaron.

Adrián llamó esa noche.

No supo que era él hasta después de contestar. La pantalla mostraba un número oculto y llevaba veinte minutos esperando la llamada de su madre, que había dicho que la avisaría en cuanto encontrase las gafas olvidadas en el sofá.

—¿Sí?

Se oía un roce bajo, intermitente.

—¿Mamá?

Irene se incorporó en la cama.

Quien estaba al otro lado respiró cerca del micrófono, muy cerca. Irene contuvo el aire sin darse cuenta, como si el sonido pudiera atravesar el teléfono y descubrirla.

—Adrián.

El roce cesó.

Durante un instante no hubo nada: ni respiración ni voz. Solo la certeza de que él seguía allí, escuchándola escuchar.

Irene colgó.

Permaneció sentada, mirando la pantalla oscura, hasta que volvió a iluminarse.

* * *

Silvia la sacó de la caja el lunes para hablar en el despacho.

Vieron juntas las capturas. La encargada anotó una descripción de Adrián y le pidió que la avisara en cuanto lo viera entrar. Acordaron que durante unos días saldría acompañada. Sara se ofreció a cambiar su descanso para coincidir con ella.

Por la tarde, Irene fue a comisaría. Explicó los encuentros, enseñó los mensajes y abrió el registro de llamadas. Las palabras sonaban débiles comparadas con la sensación que le provocaban: apareció, estaba allí, me miró, volvió a aparecer.

Cuando le preguntaron el apellido tuvo que decir que no lo sabía.

Adrián supermercado.

Eso era todo lo que había escrito en su agenda.

Al salir llamó a su madre. Durmió allí aquella noche y la siguiente. Llevaba el uniforme en una bolsa y tenía que levantarse antes para llegar a las ocho, pero le gustó oír a alguien preparar café al otro lado de la pared.

Le gustó no escuchar el silencio de su propia casa.

El miércoles volvió a su piso después del trabajo para recoger ropa. Abrió la puerta con su madre todavía al teléfono. Le contó lo que había vendido aquella mañana, preguntó por una vecina y recorrió las habitaciones mientras hablaba.

El vaso seguía junto al sofá, la toalla en el respaldo de una silla y la planta se inclinaba un poco hacia la ventana. Se había olvidado de regarla.

Puso agua en una jarra y se quedó mirando cómo la tierra oscura la absorbía.

No quería que todas las noches siguientes fueran así: una bolsa con ropa, otro autobús, su madre despierta porque ella daba vueltas en la cama. El alquiler iba a cobrarse igual. El curso seguía enviándole ejercicios que no abría. Su casa seguía siendo su casa.

O debería serlo.

Esa noche se quedó.

La primera llamada llegó a las once y cuarenta y dejó que sonara. La segunda, a las doce y seis. Silenció el teléfono y lo puso sobre la mesa, con la pantalla hacia abajo, aunque tres minutos después volvió a cogerlo para comprobar si su madre le había escrito.

A las dos encendió la televisión. Eligió una comedia que conocía y bajó el volumen hasta que las risas apenas se distinguían.

Cada pocos minutos miraba hacia el pasillo.

No esperaba ver nada.

Eso era lo peor.

Se quedó dormida sentada, con una mano metida debajo del muslo para sujetar el teléfono.

Se despertó al amanecer porque se le había dormido el brazo. Durante unos segundos no recordó por qué estaba en el sofá; después vio el teléfono y lo recordó todo.

* * *

Cuando volvió al turno de doce a ocho, ya no usaba los auriculares.

Los llevaba en el bolso, enredados alrededor de un bolígrafo, pero caminar sin oír lo que sucedía detrás la ponía nerviosa. Había dejado de pasar por la farmacia. Cambiaba de acera antes del tramo donde una hilera de contenedores le tapaba la vista. Si encontraba a alguien parado en un portal, cruzaba antes de llegar.

Empezó a conocer el sonido de sus propios pasos y el de otros detrás; la distancia exacta a la que un desconocido dejaba de ser un ruido y empezaba a ser una amenaza.

Un día se volvió tan deprisa al oír unas pisadas que una mujer le pidió perdón por haberla asustado.

Irene dijo que no pasaba nada.

Llegó al supermercado con el cuello dolorido de mirar hacia atrás. Antes de entrar comprobó, por puro reflejo, quién venía detrás de ella.

Esa tarde, Adrián apareció a las siete y veinte.

Irene lo vio pasar bajo el cartel de fruta de temporada.

Sujetaba una cesta vacía, pero no compró nada. Durante unos segundos Irene lo perdió entre los expositores; el corazón le dio un salto seco. Después volvió a verlo al fondo del pasillo central, donde se quedó quieto.

La cesta colgaba de su mano. Adrián no hizo ningún gesto para acercarse; no lo necesitaba.

Irene tenía una moneda de dos euros en la mano. La clienta se la había entregado para que el cambio fuera más fácil, pero ella ya había olvidado cuánto marcaba la pantalla.

—Te he dado dos —le recordó la mujer.

—Sí. Perdona.

Irene buscó a Sara. Estaba ayudando a un hombre a introducir su tarjeta en el terminal.

Cuando volvió a mirar hacia el pasillo, Adrián había dejado la cesta sobre una pila de cajas de leche.

La miraba. Adrián inclinó apenas la cabeza y sonrió desde el fondo del pasillo. Irene reconoció enseguida aquella sonrisa; no necesitó verla formarse.

Irene pulsó el botón para llamar a la encargada.

—¿Necesitas cambio? —preguntó la clienta.

Ella negó con la cabeza.

Adrián seguía mirándola.

No parecía enfadado porque lo hubiera bloqueado ni avergonzado por estar allí. Parecía contento de que Irene supiera que había vuelto.

Su cara conservaba todos los rasgos que a ella le habían gustado al principio: la cicatriz en la ceja, el pelo oscuro, la mandíbula limpia.

Fue precisamente eso lo que la obligó a bajar la vista.

Cuando Silvia llegó, Adrián ya se dirigía a la salida.

La encargada fue tras él. Irene oyó que lo llamaba, vio a Adrián detenerse al otro lado del cristal y perder la sonrisa mientras escuchaba. Respondió algo que no llegó hasta la caja.

Silvia señaló la calle y Adrián se marchó.

Antes de desaparecer, miró una vez más hacia el interior. Irene bajó los ojos.

Aquella noche salió con dos compañeras. Una de ellas la acompañó en el autobús y la dejó delante del portal.

No hubo llamadas aquella noche. Tampoco la siguiente.

* * *

El silencio le dio unas horas de descanso. Después empezó a pesar.

Irene se despertaba para comprobar que el teléfono seguía encendido. Miraba la pantalla esperando no encontrar nada y, cuando no encontraba nada, tardaba todavía más en volver a dormirse.

Pasaron cuatro días sin verlo.

El martes devolvió una llamada al profesor del curso y prometió mandar las fotografías antes del domingo. El miércoles compró un pescado para cenar y se lo comió sentada a la mesa. El jueves durmió seis horas seguidas.

La vida empezó a encajar de nuevo en sus lugares pequeños.

El viernes, Sara volvió a encontrarla canturreando mientras colocaba las bolsas de papel.

—Esa se te ha pegado otra vez.

Irene tardó en darse cuenta de que estaba haciendo ruido.

—La ponen todo el día.

Las dos escucharon un momento la música del supermercado. Luego Sara hizo un gesto de resignación y siguió poniendo rollos de monedas en su caja.

A media tarde empezó a llover.

Desde la entrada llegaban ráfagas frías cada vez que se abrían las puertas. Las baldosas se llenaron de huellas oscuras y Silvia dejó el cartel amarillo junto a los carros.

Irene terminaba a las ocho. Le quedaba el sábado libre. Había quedado con Sara para desayunar y, después, pensaba salir con la cámara. Se lo había escrito al profesor aquella misma mañana.

Por primera vez en días había hecho un plan que no incluía a Adrián.

A las seis y diez, Adrián se puso en su cola.

Irene no lo vio acercarse.

Levantó los ojos y ya estaba allí.

No llevaba cesta. Tenía un bollo en una mano y dos naranjas en la otra.

Las mismas cosas que había comprado la segunda vez que se vieron.

La memoria acudió antes que el pensamiento: la cinta, la broma, «compensando», ella mirándolo con curiosidad.

Irene dejó la mano inmóvil junto al teclado.

Adrián la miraba fijamente. Sara lo vio antes de que Irene consiguiera llamar a Silvia.

—Pasa por aquí —le dijo—. Esta caja cierra.

El cliente que esperaba detrás empezó a protestar. Sara repitió que pasaran por la suya, apartó el separador y extendió la mano hacia la compra de Adrián.

Él no se movió. Seguía mirando a Irene. Cuando sonrió, ella comprendió que aquello no iba dirigido al supermercado, ni a Sara, ni a nadie que pudiera verlo desde fuera. Era algo que Adrián hacía para ella. Solo para ella.

Dejó el bollo sobre la cinta de Irene.

Las naranjas rodaron al soltarlas. Una quedó apoyada contra el paquete. La otra avanzó despacio hasta detenerse junto al lector.

Irene no las tocó.

Durante un segundo solo oyó el motor de los frigoríficos. Sara recogió los tres productos y los puso en su propia cinta.

—Por aquí —repitió.

Irene apartó la vista.

Se levantó, y al pasar junto a él tuvo que girarse de lado para salir de la caja.

Estuvieron demasiado cerca. Olía al mismo jabón que las primeras semanas, y el reconocimiento le revolvió el estómago.

Adrián no dijo nada. No hacía falta. Irene sintió sus ojos siguiéndola hasta la puerta del cuarto del personal.

Se encerró dentro y se sentó en el banco sin quitarse el chaleco.

Intentó respirar hondo, pero el aire le llegaba hasta la mitad del pecho y se detenía allí, como si hubiera algo ocupando el resto. Le temblaban las piernas.

Silvia fue a buscarla. Le explicó que Adrián se había marchado después de pagar y que había vuelto a advertirle que dejara de acercarse a ella. Irene anotó la hora y llamó para comunicar aquel nuevo encuentro.

Después permaneció un rato con el teléfono apoyado en la rodilla, escuchando el ruido de los carros al otro lado de la pared.

Cada golpe de metal le parecía demasiado fuerte.

La encargada la dejó trabajando en el almacén hasta las ocho. Sara apareció a las ocho y cinco, ya con el abrigo puesto.

—Vamos.

Irene se ató las zapatillas.

Antes de salir, guardó los auriculares en el fondo de la taquilla.

* * *

La lluvia había vaciado las terrazas.

Las sillas estaban recogidas bajo los toldos y el agua corría por el borde de la acera, arrastrando hojas oscuras hacia los desagües. Las luces de los comercios se deshacían sobre el suelo mojado en manchas largas, deformadas.

Sara abrió el paraguas sobre las dos y caminaron muy juntas hasta la parada.

Irene miró dentro de la frutería, que todavía estaba abierta. Había una mujer eligiendo peras. Un hombre descargaba cajas de una furgoneta. Cada vez que veía una figura con una chaqueta parecida a la de Adrián tenía que comprobarle la cara.

—Podemos esperar dentro —dijo Sara.

El panel anunciaba dos minutos.

Irene negó con la cabeza. Quería que llegara el autobús, sentarse, quitarse los zapatos al entrar en casa y dejar de buscarlo entre las personas que no eran él.

Cuando subió, Sara permaneció bajo la marquesina hasta que se cerraron las puertas. Irene le hizo un gesto desde el asiento.

El cristal se empañó enseguida.

Durante el trayecto mantuvo el teléfono en la mano. No había mensajes ni llamadas, pero cada vez que el autobús se detenía Irene levantaba la vista hacia las puertas.

Al acercarse a su barrio, limpió una franja del cristal con la manga. Vio la farmacia, el kiosco cerrado y la luz de un bar temblando en un charco.

En la parada solo esperaba una mujer con un carrito.

Dejó bajar primero a las otras personas.

—¿Bajas? —preguntó el conductor.

Irene miró una vez más hacia la acera.

No estaba.

—Sí.

El autobús se alejó levantando agua. Durante unos segundos sus luces iluminaron la calle que tenía por delante. Después giró en el cruce y todo pareció apagarse un poco.

Irene se quedó bajo el toldo del kiosco y buscó el teléfono.

«Ya estoy en mi calle».

La respuesta de Sara llegó enseguida.

«Avísame cuando entres».

Irene metió el teléfono en el bolsillo. Tenía las llaves preparadas desde el autobús y las apretó en la mano hasta notar el borde de una contra la palma antes de empezar a caminar.

En el escaparate apagado de la óptica vio una figura avanzando a su lado y volvió la cabeza. No había nadie. Era su propio reflejo. Siguió andando, aunque la sensación no desapareció.

Pasó junto a un coche con el motor en marcha. Un hombre buscaba algo en el asiento del acompañante. Irene cruzó detrás, mirando de reojo hasta que oyó cerrarse la puerta.

Al llegar al portal se equivocó de llave.

La punta arañó el metal. Probó otra vez, apretando más, y tuvo que agacharse para ver que estaba usando la de casa.

El agua del flequillo le cayó sobre los ojos.

—Venga —murmuró.

Abrió, entró y acompañó la puerta con la mano hasta que oyó encajar el resbalón. Después tiró de ella para comprobar que estaba cerrada.

Se quedó mirando la calle a través del cristal. La mujer del carrito pasó encogida bajo un paraguas y desapareció detrás de la pared del portal; después, nada se movió.

Irene pulsó el botón del ascensor. Se encendió el número cuatro. El suyo. Escuchó el motor antes de que la cabina empezara a bajar y, cuando se abrió la puerta, entró.

En su rellano olía a comida caliente. La televisión de los vecinos sonaba al otro lado de la pared y había un paraguas abierto secándose junto a su felpudo. Irene reconoció las flores de la tela. Había coincidido muchas veces con la mujer que lo usaba.

La luz del techo se apagó mientras buscaba la cerradura. Irene se quedó inmóvil. El pasillo quedó a oscuras durante apenas un segundo, pero el cuerpo le reaccionó como si alguien hubiera apagado el mundo entero. Retrocedió hasta el interruptor y la luz volvió al pulsarlo.

Entró en casa, echó las dos vueltas de llave y el pestillo y dejó las llaves puestas por dentro.

Encendió la luz del recibidor, dejó el abrigo en el respaldo de la silla y puso el bolso encima.

«Dentro», escribió.

Sara la llamó.

—¿Todo bien?

—Sí.

El sonido de una persiana al bajarse llegó desde el patio.

Irene se quedó escuchando hasta que terminó.

—¿Seguro?

—Sí, de verdad. No estaba.

Avanzó por el pasillo mientras hablaban. Encendió la luz del dormitorio. La cama seguía sin hacer y una pernera del pantalón del pijama asomaba por debajo de la almohada. En el salón estaba el vaso que había usado por la mañana. El libro permanecía abierto junto al brazo del sofá.

Todo estaba donde debía.

—¿Has cenado? —preguntó Sara.

—Luego me hago algo.

No quería comer. Tenía frío entre los hombros, donde la lluvia le había atravesado el abrigo. Se quitó las zapatillas mojadas sin desatar los cordones.

—¿A qué hora quedamos mañana?

Sara dijo que a las diez, si conseguía levantarse. Irene cogió el pantalón del pijama y buscó una camiseta limpia en el cajón.

Al abrirlo vio moverse algo al fondo del espejo y se giró. No había nada. Después vio la manga de su abrigo resbalando del respaldo de la silla del recibidor hasta rozar el suelo.

—¿Irene?

—Sí. A las diez está bien.

Sara se quedó callada un momento.

—Oye, si prefieres que vaya…

Irene miró otra vez hacia el recibidor.

Había dejado el bolso encima del abrigo. Se habría movido al pasar por su lado.

—Voy a ducharme. Me cambio, me meto en la cama y te llamo.

—Vale. Aquí estoy.

Irene dejó el móvil sobre el mueble del pasillo, con el volumen alto.

En el baño cerró la puerta.

Luego pasó el pequeño cerrojo que nunca utilizaba.

Tiró de la manilla para comprobarlo.

El gesto le pareció absurdo.

No lo deshizo.

El agua tardó en calentarse. La dejó correr mientras se desvestía y puso el uniforme doblado sobre la tapa del inodoro.

Entró en la ducha.

Durante un rato permaneció bajo el chorro, con las manos apoyadas en los azulejos. El calor le devolvió la sensibilidad a los dedos de los pies. Se lavó el pelo, cerró los ojos y vio las naranjas rodando por la cinta. Los abrió.

El jabón le entró en un ojo y tuvo que inclinar la cabeza para aclarárselo. Mientras parpadeaba oyó dos golpes secos, apenas separados entre sí. Se quedó con la cara apartada del agua y esperó, mientras el chorro continuaba golpeándole un hombro. No hubo un tercer golpe. Cerró el grifo.

El silencio que quedó detrás pareció demasiado grande para un baño tan pequeño. Las gotas caían desde su pelo al plato de ducha y, detrás de la mampara, el espejo empañado devolvía una luz más amarilla de lo normal.

—¿Hola?

En cuanto lo dijo, miró el cerrojo. Nadie respondió. Oyó circular agua por una tubería y, después, una cisterna en el piso de arriba. Permaneció quieta hasta que aquel ruido cesó también.

Se secó sin volver a abrir el grifo. Se puso el pijama con la piel húmeda y tuvo que sentarse para pasar un pie por la pernera. La camiseta limpia olía al suavizante que había comprado aquella semana.

Antes de retirar el cerrojo se acercó a la puerta y apoyó la oreja. No oyó nada: ni pasos, ni respiración, ni el crujido del suelo. Apoyó los dedos en el metal y lo deslizó despacio.

Dejó encendida la luz del baño.

La televisión de los vecinos se había apagado.

Desde el patio llegaba el golpeteo continuo de la lluvia sobre una cubierta de plástico.

Irene se detuvo en medio del pasillo, con la toalla apretada contra el pelo.

La casa parecía distinta sin la voz de Sara al teléfono.

No más grande.

Más profunda.

Como si el pasillo continuara un poco más allá de donde terminaba la luz.

El teléfono empezó a vibrar sobre el mueble.

Irene dio un respingo.

Un instante después sonó la melodía.

Número oculto.

Lo miró hasta que dejó de sonar.

Tenía un mensaje de Sara: «Llámame cuando salgas».

Irene cogió el teléfono y abrió la conversación.

La llamada volvió a ocupar toda la pantalla.

Número oculto.

La rabia le subió tan deprisa que por un momento fue más fuerte que el miedo.

Contestó.

—Déjame en paz.

Al otro lado se oía el roce bajo que ya conocía.

La rabia desapareció.

Irene se quedó inmóvil.

El sonido era tenue, irregular. Tela contra algo. Una mano moviéndose. Una respiración que a veces rozaba el micrófono.

—Adrián.

El roce cesó.

Irene sujetó el teléfono con las dos manos.

La lluvia golpeaba la cubierta del patio. Alguna tubería se contrajo dentro de la pared.

Entonces crujió una bolsa en la cocina.

Irene levantó la cabeza.

El mismo crujido llegó por el auricular.

Durante un instante su mente se negó a unir ambas cosas.

La cocina.

El teléfono.

La cocina.

Irene bajó muy despacio el móvil.

La puerta estaba entreabierta.

Desde donde se encontraba podía ver un extremo de la mesa y el respaldo de una silla.

Una bolsa del supermercado sobresalía del borde.

Irene dejó de sentir los dedos.

Algo se movió detrás de la puerta.

Él estaba sentado a la mesa.

Adrián.

Tenía el móvil junto a la cara. Al verla, lo bajó y lo dejó con cuidado sobre la madera.

Delante había un bollo sin abrir y dos naranjas.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

Irene oyó su propia respiración.

Corta.

Rota.

Adrián la miraba.

La misma mirada de la caja.

La misma del fondo del pasillo.

Fija.

Paciente.

Entonces sonrió.

Despacio.

Mucho más despacio que las otras veces.

Irene vio cómo una comisura comenzaba a elevarse. Después la otra. La boca siguió ensanchándose hasta enseñar los dientes, hasta que aquella expresión ocupó demasiado rostro, demasiado tiempo, demasiado silencio.

La sonrisa era enorme.

Inhumana no porque hubiera cambiado su cara, sino porque nada en aquel momento podía hacer sonreír así a una persona normal.

Irene retrocedió hasta tocar la puerta de entrada.

Un dolor seco le atravesó el pecho.

Buscó el pestillo a su espalda.

Lo apartó.

La llave seguía puesta y tuvo que intentarlo dos veces antes de conseguir girarla.

Adrián continuaba sentado, sonriendo.

Irene tiró de la puerta.

Se abrió unos centímetros y se detuvo con un golpe que le sacudió el brazo.

Volvió a tirar.

Nada.

Miró el hueco.

Una cadena cruzaba la abertura.

Irene tardó un instante en entender lo que estaba viendo.

Siguió la cadena con los ojos hasta una pieza metálica atornillada a la madera, más abajo del pestillo.

Había una pequeña cerradura en el extremo.

Aquello no estaba allí cuando se había ido a trabajar.

Desde la cocina llegó el ruido de la silla al separarse de la mesa.

La sonrisa de Adrián desapareció de su campo de visión.

Irene empujó la puerta para cerrarla un poco e intentó liberar la cadena. La pieza no se movió. Metió la uña bajo el cierre y tiró hasta que le dolió el dedo.

El teléfono seguía conectado en su otra mano.

Oyó un paso en el pasillo.

Después otro.

Lentos.

Sin prisa.

Irene tiró de la cadena otra vez.

El metal golpeó la puerta.

Los pasos se acercaron.

Entonces oyó un tintineo.

Una llave.

Muy cerca.

—Esa la guardo yo —dijo él.

Esta vez no dijo hasta mañana.


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